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10 Mai 2019

El tirano y el usurpador

Filed under: Uncategorized — JAVIER CASTILLO @ 19:56
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Juan Guaidó y Leopoldo López. EFE/ Miguel Gutiérrez.

Sobre Venezuela se dicen muchas mentiras y pocas verdades incontestables. La realidad es que, mientras continúa la batalla mediática por imponer el relato, la geopolítica hace de las suyas. Ayer, el vicepresidente Mike Pence anunció que Estados Unidos rebajará las sanciones a los altos cargos del entorno de Nicolás Maduro que dimitan y precipiten la caída del gobierno bolivariano. El golpe de Estado de Juan Guaidó fracasó, pero la Administración Trump continúa con su estrategia desestabilizadora. En definitiva, nada nuevo en Latinoamérica. Estados Unidos quiere quitar a un dictador para colocar al suyo.

Efectivamente, Juan Guaidó es un usurpador que no descarta la opción militar para llegar al poder. El 23 de enero de 2019, se autoproclamó presidente encargado de Venezuela después de no haberse presentado a las elecciones presidenciales del país. Paradójicamente, la misma oposición venezolana que en 2015 obtuvo la mayoría absoluta en la Asamblea Nacional renunció, tres años más tarde, a participar en el proceso para elegir al máximo mandatario de la república bolivariana. Sorprendentemente, el candidato que ahora dice representar al pueblo se olvidó entonces del pueblo. Una nueva lección de la oposición venezolana: no te presentes a unas elecciones si no estás seguro de que vas a ganar.

Maduro tampoco se queda corto. Después de perder las elecciones legislativas, declaró en desacato a la Asamblea Nacional gracias a la complicidad del Tribunal Supremo de Justicia. Un año más tarde, boicoteó, con la ayuda del Consejo Nacional Electoral, el referéndum revocatorio que pretendía apartarlo del poder. Pero el tirano nunca se cansa de destruir los pilares de una democracia. En 2017, convocó elecciones constituyentes para establecer un parlamento paralelo al servicio del oficialismo. “El gobierno tiene que ser del pueblo, para el pueblo y con el pueblo”, dijo la semana pasada Nicolás Maduro. Sí, el mismo que ha creado una estructura de Estado al servicio de sus intereses.

Maduro y Guaidó se divierten mientras el país se desangra. Los dos líderes políticos se encuentran más preocupados en sus luchas personalistas que en garantizar el bienestar de sus compatriotas. Según la Organización de las Naciones Unidas, 2’8 millones de personas necesitan asistencia sanitaria, 3’7 millones presentan malnutrición y 4’3 millones tienen dificultades para acceder a agua potable. En medio de esta crisis humanitaria y de humanidad, los venezolanos se juegan mucho más que cuál de los dos déspotas se aloja en el Palacio de Miraflores. Los venezolanos se juegan su propia supervivencia.

La comunidad internacional, o eso que Noam Chomsky llama “término técnico para referirse a Estados Unidos y quién esté de acuerdo con él”, también es responsable de la situación a la que se ha llegado. Trump, como demostró ayer su vicepresidente, quiere acabar con Maduro a cualquier precio. No obstante, la vía pacífica es la única salida coherente en este caso, ya que las consecuencias de un conflicto armado pueden ser aún más devastadoras para la sociedad civil. El resto de los países occidentales también legitimaron a Guaidó pensando más en el deseo que en la realidad, pues el autoproclamado presidente encargado no ostenta ni el poder militar ni el administrativo. De hecho, España, que acoge al opositor Leopoldo López en su embajada de Caracas, se ve abocada a negociar de forma bilateral con un gobierno que no reconoce.

Las dos Venezuelas se niegan entre sí mientras el resto del mundo sigue atento a lo que sucede. La solución pasa por crear una mesa de diálogo en la que Maduro y Guaidó acuerden renovar tanto el poder legislativo como el ejecutivo mediante un proceso limpio y democrático. Mientras tanto, es revelador que ambos se consideren los representantes legítimos del pueblo y ninguno de los dos se atreva a celebrar unas elecciones. Lamentablemente, en Venezuela, todo el mundo es pueblo, pero sin el pueblo.

Javier Castillo

9 Mai 2019

El ineficaz ‘bucle’ norcoreano

Encasillarse en unas dinámicas que retienen y demoran el consenso hacia un avance conveniente. Esa es exactamente la constante de Corea del Norte, un hermético y rezagado país que se ha dispuesto a vislumbrar su adaptación a un escenario internacional en el que todavía no encaja. Sin embargo, sus intenciones se enmascaran por continuas contradicciones.

La incertidumbre y el miedo son su motor/excusa para prolongar pruebas nucleares supervisadas desde las máximas autoridades de la nación encabezada por el controvertido líder Kim Jong-Un. Los inicios de mayo lo han ratificado, quedando marcados por su decisión de retomar las pruebas de lanzamiento de misiles, disparando una serie de proyectiles no identificados con tan solo cuatro días de margen (según ha informado el Estado Mayor Conjunto surcoreano -JCS-). Su justificación es intrascendente, afirmando que son pruebas “regulares y autodefensivas”.

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Las imágenes de la supervisión de los lanzamientos por parte de las autoridades norcoreanas son emitidas en las televisiones de Seúl (AP)

De esta manera, las perspectivas políticas y diplomáticas de Pyongyang no cesan de girar en torno a medidas armamentísticas que eclipsan posibles decisiones progresistas y evolutivas para la potencial nación de Corea del Norte. Esta persistencia es ciertamente desafortunada e inútil debido a cómo han comprobado que su único resultado es el de aumentar tensiones, fracturando los inéditos acuerdos con Washington y Seúl de los últimos meses. Es cierto, sin embargo, que en numerosos casos de la historia reciente el diálogo sólo ha comportado la suspensión en el vacío de intereses y objetivos.

Precisamente, pero, la probable motivación del país asiático se deriva de las recientes cumbres y el estancamiento de las negociaciones sobre desnuclearización tras el fracasado segundo encuentro Trump-Kim (en Hanói, el pasado febrero). Es clara la pretensión de presionar las posiciones tanto de Estados Unidos –a quienes han calificado de “inflexibles” y “poco atentos”– como de Corea del Sud para que agilicen e incrementen sus concesiones. Además, la cumbre de la semana pasada con Putin muestra la estrategia norcoreana de extender sus pactos. Es decir, no se resignan.

Es irónico y exasperante para muchos el hecho que Trump esté restando importancia al ejercicio bélico sin alterar su postura. En su cuenta personal de Twitter manifestó su plena confianza en Kim Jong-Un y la esperanza de que todo seguirá caudales estables. No obstante, dichos difuminados y poco fundamentados argumentos no contrarrestan las incesantes pruebas norcoreanas ni rebajan las ambiguas amenazas.

La comunidad internacional está confundida, y tiene motivos para ello. Nos encontramos ante un juego entre potencias mundiales para liberar un país que tiene mucho que ofrecer y desarrollar (económica y culturalmente), pero que eclipsa dichas oportunidades por desconfianzas y aprensiones resolubles. Nada en el tablero dista de ser complejo y cuestionable. La cuestión es que hay mucho que no comprendemos porque está oculto tras las interacciones de dos polémicos líderes. El mayor problema es que lo cubren tras una ‘violencia fría’ insostenible de la que tarde o temprano conoceremos las consecuencias.

Sara Gómez Alburquerque

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